Producir… ¿a qué coste?
La agricultura moderna ha aumentado la productividad, pero también ha intensificado problemas como la erosión del suelo, la contaminación por pesticidas y la sobreexplotación de acuíferos. Este texto analiza sus impactos en Andalucía y explora soluciones basadas en sostenibilidad.
◼ Juan Carlos Guerrero Murillo (Grado en Ingeniería Agrícola de la Universidad de Sevilla)
◼ Alejandro Guillén Carvajal (Grado en Ingeniería Agrícola de la Universidad de Sevilla)
◼ Carlos Reina Borrego (Grado en Ingeniería Agrícola de la Universidad de Sevilla)
◼ Francisco Rosa Ponce (Grado en Ingeniería Agrícola de la Universidad de Sevilla)
◼ Antonio Jordán López
El impacto de la agricultura moderna: la huella que dejamos en la tierra
De la revolución agrícola a sus efectos invisibles
La agricultura, como muchos otros sectores de la sociedad, no ha permanecido inmóvil frente a los cambios económicos, tecnológicos y sociales que han marcado las últimas décadas. Muy al contrario, ha experimentado una transformación profunda y constante.
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| Trigo en fase temprana de desarrollo en las llanuras aluviales de Doñana. Antonio Jordán/Imaggeo. |
La mecanización, el desarrollo de nuevas variedades de cultivos, el uso de fertilizantes y fitosanitarios o la expansión de los sistemas de riego han permitido aumentar de forma notable la productividad agrícola. Gracias a estos avances, hoy es posible producir grandes cantidades de alimentos en superficies relativamente reducidas.
Sin embargo, este proceso de modernización también ha tenido consecuencias. En muchos casos, se ha apostado por modelos de agricultura intensiva orientados principalmente a maximizar la producción y la rentabilidad económica. Este enfoque ha favorecido cosechas más abundantes y mercados más competitivos, pero a menudo ha dejado en un segundo plano aspectos igualmente importantes, como la calidad ecológica de los sistemas agrícolas o la conservación de los recursos naturales.
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| Tractores en labores de campo. Les Chatfield/Flickr. |
Cuando la prioridad se centra exclusivamente en producir más y más rápido, el suelo, el agua y la biodiversidad pueden verse sometidos a una presión considerable. El uso intensivo de fertilizantes y pesticidas, la simplificación de los paisajes agrícolas o el cultivo continuado de las mismas especies pueden alterar los equilibrios ecológicos que sostienen la fertilidad del suelo a largo plazo. En otras palabras, se corre el riesgo de tratar el suelo como un simple soporte de producción, olvidando que en realidad es un sistema vivo, complejo, en equilibrio con el ecosistema y un recurso limitado.
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| Agricultura intensiva de regadío en la Estación de Blanca (Murcia). Water Alternatives/Flickr. |
En los últimos años, esta situación ha abierto un debate creciente sobre el futuro de la agricultura. Cada vez más investigaciones y políticas públicas insisten en la necesidad de encontrar un equilibrio entre productividad, sostenibilidad ambiental y calidad de los alimentos.
La sostenibilidad se refiere, por definición, a la satisfacción de las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas, garantizando el equilibrio entre crecimiento económico, cuidado del medio ambiente y bienestar social. De aquí nace la idea del desarrollo sostenible, como aquel modo de progreso que mantiene ese delicado equilibrio hoy, sin poner en peligro los recursos del mañana. ¡No debemos olvidarnos del futuro!
De aquí podemos extraer varios conceptos más, como la definición de sostenibilidad ambiental, que es aquella que pone el acento en preservar la biodiversidad sin tener que renunciar al progreso económico y social; la sostenibilidad económica, que se encarga de que las actividades que buscan la sostenibilidad ambiental y social sean rentables, y la sostenibilidad social, que busca la cohesión de la población y una estabilidad de la misma.
En definitiva, la sostenibilidad y el desarrollo sostenible funcionan siguiendo el principio de que no se pueden agotar los recursos disponibles de forma indiscriminada, hay que proteger los medios naturales y todas las personas deben tener acceso a las mismas oportunidades.
Definición de sostenibilidad: ¿sabes qué es y sobre qué trata? OXFAM Intermón (22/09/2015).
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| Prácticas de agricultura regenerativa en Navarra. Artajona Food Forest/Flickr. |
La transición hacia prácticas agrícolas más respetuosas -como la agricultura regenerativa, la agricultura circular, la agroecología o el manejo sostenible del suelo- busca precisamente recuperar ese equilibrio y garantizar que la producción de alimentos no comprometa la salud de los ecosistemas de los que depende.
Los costes y beneficios en materia de nutrición no son la única consideración en la elección de alimentos. Algunos alimentos, a pesar de ser sumamente nutritivos, pueden ser evitados debido a otros costes que pueden ser igualmente o más importantes. Estos pueden incluir el tiempo o el esfuerzo necesario para su producción, así como los impactos negativos sobre el medio ambiente, el suelo y la fauna.
Para la industria, los alimentos no son salud o bienestar. Para la industria los alimentos son dinero como para un martillo todo son clavos. La deforestación para transformar un ecosistema natural (como la selva del Amazonas) en una plantación es, evidentemente un daño. Y luchar contra este daño exige tener claros los límites, si es que eso es posible
Antonio Jordán. ¿Nutritivo o insostenible? La huella ecológica del menú. G-Soil (01/05/2025).
¿Es posible producir más sin deteriorar los sistemas que lo hacen posible?
Un campo en transformación: cambios que ya están aquí
En muchas regiones agrícolas del mundo, la forma de cultivar la tierra está cambiando con rapidez. La presión de los mercados, la necesidad de aumentar la productividad y el desarrollo de nuevas tecnologías agrarias han impulsado modelos de producción más intensivos. Estos sistemas permiten obtener mayores cosechas en menos tiempo y con menor necesidad de mano de obra, lo que los hace especialmente atractivos desde el punto de vista económico. Sin embargo, también están transformando profundamente los paisajes agrarios tradicionales y la manera en que se gestionan los recursos naturales.
Andalucía no es una excepción a esta tendencia. En esta región, donde la agricultura forma parte esencial del territorio y de la cultura rural, se están produciendo cambios visibles en los últimos años. Un ejemplo claro es el del olivar. Cada vez son más los agricultores que deciden arrancar olivos tradicionales -aquellos plantados con marcos amplios y manejados en sistemas de secano- para sustituirlos por plantaciones intensivas y superintensivas. Estos nuevos modelos permiten mecanizar casi por completo la producción y aumentar notablemente el rendimiento por hectárea.
La superficie dedicada a este cultivo [olivar] cuenta con unos 2.5 millones de hectáreas. De esas hectáreas el 28% se cultiva en regadío. La media de producción está en torno a 1,5 millones de toneladas (en los últimos años, la producción media ha crecido considerablemente por el gran incremento de plantaciones con olivar superintensivo). También es importante destacar que este cultivo se caracteriza por su marcado carácter vecero que supone la alternancia de producciones altas y bajas, en unas y otras cosechas, aunque es cierto que, actualmente, con los productos fitosanitarios y abonos modernos, se consigue amortiguar la baja producción en los años que toca obteniendo producciones muy constantes.
Joaquín Tribaldos Campos, Herminio Tribaldos Campos. El olivar en España: Tradicional, intensivo y superintensivo. Camposcopio/BASF (consultado el 12/04/2026).
Al mismo tiempo, se observa otra transformación significativa: la reducción progresiva de los cultivos de secano. Paradójicamente, esto ocurre en una región donde la escasez de agua y las sequías recurrentes constituyen uno de los principales desafíos ambientales y económicos. El avance del regadío y de cultivos más demandantes de agua plantea preguntas importantes sobre la sostenibilidad futura del sistema agrícola.
Todos estos cambios no solo modifican el paisaje agrario, sino que también tienen consecuencias directas sobre el suelo, el agua y los ecosistemas asociados a la agricultura. La forma en que se planta, se riega, se fertiliza o se trabaja la tierra influye en procesos clave como la fertilidad del suelo, la erosión, la biodiversidad o la captura y almacenamiento de carbono. Por ello, analizar el impacto que estas transformaciones están teniendo sobre el suelo resulta fundamental para comprender mejor los retos actuales de la agricultura en nuestra región. Estos aspectos son los que se desarrollan a continuación.
¿Qué efectos reales están teniendo estos cambios sobre el funcionamiento del suelo?
Cuando el suelo se pierde: erosión y otros problemas silenciosos
En ambos casos -tanto si hablamos de la intensificación agrícola como de la expansión de los cultivos de regadío- uno de los problemas principales es la erosión.
La erosión consiste en la pérdida de partículas de suelo realizado por agentes naturales como el agua, el viento, el hielo o la gravedad, y que puede verse acelerado por la actividad agrícola. En la mayoría de los sistemas agrícolas de nuestro entorno, la erosión predominante es la hídrica, es decir, la causada por el agua.
Este fenómeno es especialmente visible en zonas como los cultivos de olivo en Jaén, donde se han reportado pérdidas de hasta 180 toneladas de suelo por hectárea y año debido a prácticas de manejo inadecuadas.
Durante 22 días de lluvias continuadas en Andalucía durante los meses de enero y febrero de 2026, un tren de borrascas, desde Francis hasta Oriana, ha provocado precipitaciones acumuladas de más 400 litros por metro cuadrado en muchos puntos de la región. Como consecuencia, se han movilizado más de 55 millones de toneladas de suelo agrícola, equivalente a más de 17 estadios olímpicos como La Cartuja.
Del material arrastrado, en una estimación conservadora, 4 millones de toneladas habrían quedado retenidas por los embalses, colmatándolos, y casi 500 000 habrían llegado al mar, en este caso con beneficios para el ecosistema marino.
[...]
En acontecimientos como el tren de borrascas de las últimas semanas, podría haberse perdido en Andalucía hasta 1 centímetro de suelo agrícola de media, con picos de 5 cm en algunas localizaciones en unas pocas semanas. Formar un centímetro de suelo fértil requiere de entre 1 000 y 10 000 años de evolución.
Adolfo Peña, Ana Jiménez, Paula González. Las lluvias han arrastrado millones de toneladas de suelo fértil del campo andaluz: así podemos evitar que se repita. The Conversation (24/02/2026).
Pero la erosión no es el único problema. También deben considerarse otros procesos, como el uso intensivo de pesticidas o el agotamiento de los acuíferos asociado a la expansión del regadío en zonas tradicionalmente de secano.
La agricultura de regadío consiste en la aplicación de agua -mediante sistemas de goteo, aspersión o inundación- para aumentar la producción y el rendimiento económico. Sin embargo, cuando se desarrolla en zonas áridas o no preparadas para una extracción intensiva, puede conducir al agotamiento de los acuíferos. Este problema se agrava cuando el uso de pesticidas favorece la contaminación de estas aguas subterráneas, afectando tanto a los ecosistemas como a los propios suelos agrícolas si no se adoptan medidas adecuadas.
¿Hasta qué punto estos procesos están conectados entre sí?
Herbicidas, suelo y agua: un equilibrio delicado
Tradicionalmente, la agricultura convencional ha controlado las malas hierbas mediante el laboreo y la aplicación de herbicidas. Sin embargo, la combinación de clima mediterráneo, pendientes pronunciadas y una gestión con escasa cubierta vegetal ha agravado los problemas de escasez de agua y erosión del suelo a lo largo del tiempo. A esto se suma la aparición de resistencias a herbicidas y sus efectos adversos sobre la biodiversidad.
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| Olivar tradicional con cubierta vegetal. Theophilos Papadopoulos/Flickr. |
En el caso del olivar superintensivo, el consumo de herbicidas suele ser relativamente bajo. Habitualmente se realiza una aplicación anual de preemergencia en una franja bajo los árboles, que no suele superar el 30 o 40% de la superficie cultivada, complementada con una o dos aplicaciones adicionales de postemergencia en zonas puntuales.
La intensificación agrícola y el aumento de la superficie cultivada con olivar, en buena medida con nuevos marcos de plantación muy densos, derivados ambos de la política productivista de la Política Agraria Común (PAC), han acabado generando una crisis económica del olivar tradicional. Esta estrategia productivista generó también una gran pérdida de biodiversidad y degradación de sus servicios ecosistémicos.
El resultado ha sido un agrosistema simplificado al máximo en donde la biodiversidad asociada está muy por debajo de sus posibilidades y con problemas tan preocupantes como la erosión.
Francisco Valera Hernández. Conservar los olivares, un esfuerzo rentable. ElDiario.es (07/06/2019).
Aparentemente, la menor escorrentía característica de estos sistemas en comparación con el olivar tradicional parece reducir el riesgo de contaminación de aguas superficiales por arrastre de herbicidas, pero lo hace a costa de la degradación general del suelo. En general, el riesgo de contaminación de aguas subterráneas es bajo, ya que el riego deficitario reduce el drenaje profundo.
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| Olivar superintensivo en la provincia de Cádiz. Antonio Jordán/Imaggeo. |
En estas plantaciones, los restos de poda y la cubierta vegetal suelen triturarse y dejarse sobre el terreno para su incorporación al suelo. Junto con el uso reducido de herbicidas, esto contribuye a limitar la erosión, especialmente en suelos con cierta compactación superficial.
Un ejemplo bien documentado de los efectos combinados de la agricultura intensiva y el regadío es el entorno del Mar Menor y el Campo de Cartagena, donde se han registrado tanto problemas de contaminación como de sobreexplotación de acuíferos.
[La transformación de secano a regadío en el Campo de Cartagena] data de la década del 80 del siglo pasado, con la habilitación de agua para 40 mil hectáreas. “El problema en el Campo de Cartagena es que el regadío necesita tener bastante agua y nutrientes al no tener una fertilidad natural”, explica.
Andrés Actis. Torre Pacheco, explotación humana y ambiental para que Europa pueda comer lechuga los 12 meses del año. El Salto (19/06/2025).
¿Puede el manejo agronómico marcar la diferencia en estos impactos?
Cómo ocurre la erosión: del impacto de la lluvia al transporte del suelo
El proceso de erosión hídrica es relativamente sencillo de comprender, aunque sus consecuencias pueden ser muy complejas.
Cuando el suelo está expuesto, el impacto de las gotas de lluvia provoca la dispersión de los agregados del suelo. A esto se suma la aparición de escorrentía superficial, que concentra el flujo de agua y actúa como un agente de transporte con gran capacidad erosiva.
Existe una combinación entre el transporte por salpicadura y por escurrimiento. La salpicadura desplaza partículas hacia zonas donde el agua se concentra -como surcos y cárcavas-, mientras que la escorrentía se encarga de transportarlas. La capacidad de transporte depende directamente de la velocidad y la turbulencia del flujo.
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| Cárcava atravesando un campo de cultivo en el sur de España. Antonio Jordán/Imaggeo. |
La sedimentación del material erosionado ocurre cuando la velocidad del agua disminuye. Este proceso es selectivo: primero se depositan las partículas más gruesas (arena y agregados), mientras que las más finas (limo y arcilla) pueden ser transportadas a mayores distancias.
Un ejemplo cotidiano ayuda a visualizar este proceso: al limpiar una superficie con agua a presión, se desprenden las partículas adheridas y el agua las transporta hacia un punto concreto, donde terminan acumulándose. En el caso del suelo, este “punto de acumulación” puede ser una zona baja del relieve o incluso un sistema de drenaje.
¿Qué factores determinan que un suelo sea más o menos vulnerable a este proceso?
Problemas conectados: un efecto en cadena
El uso de pesticidas, la contaminación y el agotamiento de acuíferos no son fenómenos aislados, sino procesos interconectados.
El uso intensivo de pesticidas -presente tanto en agricultura tradicional como en sistemas intensivos y de regadío- puede provocar la contaminación del suelo. A su vez, las precipitaciones o el riego facilitan el transporte de estos compuestos hacia los acuíferos.
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| Aplicación de pesticidas en un cultivo. Dian Rusdiana/Flickr. |
Uno de los puntos más interesantes en este caso es el papel que está teniendo la tecnología agraria. Y es que aunque ahora mismo se puede pensar que el sistema de regado puede combatir la desertificación, el estudio apunta que en muchos casos lo puede acelerar. Es decir, el efecto contrario.
El informe detalla cómo la agricultura de regadío intensivo actúa como un "mecanismo de encubrimiento". Gracias a los fertilizantes y a la extracción masiva de agua subterránea, podemos ver cultivos muy verdes en superficie, lo que nos hace pensar que no hay problemas con ellos. Pero la realidad es muy diferente.
El Atlas [de la Desertificación de España] ha cruzado los datos de la cantidad de clorofila y biomasa que se puede ver sobre la tierra, con el estado de los recursos hídricos y la realidad aflora. Para la ciencia estamos ahora mismo manteniendo ese verdor a costa de agotar los acuíferos y salinizar los suelos, como puede ocurrir en el mantenimiento de cultivos muy rentables como los aguacates en el sur peninsular.
Un dato demoledor del informe ilustra esto: en la cuenca del Guadiana, el 86% de los acuíferos presentan índices de sobreexplotación o degradación vinculados a este fenómeno. Y es que estamos dando mucho peso a mantener el color verde mientras nos estamos 'cargando' nuestros recursos hídricos.
José A. Lizana. Pensábamos que el regadío nos salvaba del desierto. Este Atlas de la Desertificación demuestra que, en realidad, lo está camuflando. Xataka (02/12/2025).
Así, un único problema en la gestión de una explotación puede desencadenar una cascada de efectos que alteran el equilibrio de todo el sistema. Se trata de un claro ejemplo de procesos encadenados dentro de los agroecosistemas.
¿Estamos teniendo en cuenta estas conexiones en la toma de decisiones agrícolas?
Qué dice la ciencia: evidencias y alertas recientes
El conocimiento científico sobre estos procesos es amplio y sigue creciendo
Observaciones recientes en olivares de Jaén muestran cómo la presencia de una cubierta vegetal puede reducir significativamente la formación de cárcavas y los daños asociados a episodios de lluvias intensas, en comparación con sistemas sin cobertura.
Una cuestión reseñable del estudio es cómo el sistema de manejo se convierte en el factor principal para controlar la pérdida del carbono orgánico del suelo. Como explica el investigador, «la pérdida de suelo y carbono depende de factores muy puntuales como la intensidad de la lluvia, pero cuando nos fijamos en las cubiertas vegetales vemos que la pérdida de carbono orgánico del suelo ya no depende de la intensidad y de las características de la lluvia, a diferencia de en el laboreo, donde la forma de la lluvia sigue determinando que haya más erosión y con ella más pérdida de carbono». Esto ocurrió en todo tipo de olivares y de cubiertas analizados.
Este trabajo respalda el uso de las cubiertas vegetales para avanzar hacia olivares más saludables, sostenibles y rentables y convertidos en sumideros de carbono. Los suelos con mayor concentración de carbono tienen mejor estructura, favorecen la absorción del agua y nutrientes por parte de las plantas, haciéndose más productivos, pero también unos importantes aliados en la lucha contra el cambio climático, descontaminando el aire al convertir el suelo en un sumidero de carbono y evitando que este se pierda y acabe contaminado aguas o la atmósfera.
Un estudio comprueba que las cubiertas vegetales reducen un 75% la erosión del olivar. ASAJA Jaén (10/10/2023).
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| Aplicación manual de plaguicidas en un campo en crecimiento. Erik Akaoka/Flickr. |
En relación con los pesticidas, diversos informes institucionales han alertado sobre la contaminación de aguas. Estudios recientes han detectado niveles elevados de determinados compuestos en zonas agrícolas, afectando incluso al suministro de agua potable en algunos municipios.
Los residuos de plaguicidas son factores críticos, aunque a menudo ignorados, que influyen en la biodiversidad del suelo. Sus efectos son complejos, específicos de cada organismo y se extienden más allá de los objetivos previstos, lo que pone en entredicho la dependencia regulatoria actual de indicadores simplificados. Para proteger los ecosistemas del suelo, las evaluaciones ecotoxicológicas deben ir más allá de las pruebas con especies individuales e incluir respuestas funcionales y a nivel de comunidad. Esto requiere datos transparentes sobre el uso de plaguicidas y evaluaciones ambientales en diversos ecosistemas, no solo en tierras de cultivo. Solo así podremos evaluar en qué medida los efectos no deseados de los plaguicidas en los organismos del suelo pueden comprometer las funciones del ecosistema que sustentan la seguridad alimentaria a largo plazo. Equilibrar la necesidad inmediata de altos rendimientos agrícolas con los esfuerzos para mejorar la sostenibilidad ambiental requerirá inversión en soluciones sostenibles de manejo de plagas y prácticas agroecológicas que apoyen tanto la productividad como la salud del suelo.
J. Köninger, M. Labouyrie, C. Ballabio, O. Dulya, V. Mikryukov, F. Romero, A. Franco, M. Bahram, P. Panagos, A. Jones, L. Tedersoo, A. Orgiazzi, M. J. I. Briones, M. G. A. van der Heijden (2026). Pesticide residues alter taxonomic and functional biodiversity in soils. Nature 650:367-373. DOI: 10.1038/s41586-025-09991-z.
Por otro lado, los datos sobre aguas subterráneas indican que una parte importante de los acuíferos presenta un estado químico o cuantitativo deficiente, lo que plantea un problema no solo ambiental, sino también social y económico.
¿Qué implicaciones tienen estos resultados para el futuro del sector?
Del campo a la mesa: implicaciones en la vida cotidiana
El impacto de estos procesos no se limita al ámbito agrícola, sino que afecta directamente a la vida cotidiana.
El olivar es un buen ejemplo. El aceite de oliva es un producto básico en la dieta, y su producción depende en gran medida de las condiciones del cultivo. Episodios recientes de lluvias intensas han dificultado la recolección en sistemas intensivos, provocando pérdidas económicas y una reducción de la producción. Esto, a su vez, ha contribuido al aumento de los precios.
¿Cómo influyen estos procesos en lo que consumimos cada día?
Impacto ambiental: cuando el sistema se tensiona
El uso intensivo de pesticidas, el agotamiento de los acuíferos y la contaminación del suelo generan impactos ambientales de gran magnitud.
La extracción descontrolada de agua puede provocar el agotamiento de acuíferos, especialmente de aquellos con baja tasa de recarga. Esto puede derivar en hundimientos del terreno, procesos de aridificación o intrusión salina en zonas costeras, alterando el equilibrio de nutrientes.
Por su parte, los pesticidas pueden afectar gravemente a organismos clave del suelo, como insectos y micorrizas, esenciales para el funcionamiento de los ecosistemas. Además, su acumulación puede generar efectos persistentes y favorecer la aparición de resistencias, dando lugar al llamado “efecto rebote”.
¿Estamos acercándonos a límites difíciles de revertir?
Hacia dónde mirar: soluciones y líneas de futuro
Las líneas actuales de investigación buscan evaluar el impacto real del uso de pesticidas y promover alternativas más sostenibles.
Algunas explotaciones están adoptando enfoques basados en agricultura ecológica o regenerativa, que tratan de aprovechar los procesos naturales para mantener la productividad sin comprometer el medio ambiente.
En paralelo, se están desarrollando estudios más rigurosos sobre el uso del agua en agricultura, especialmente en zonas vulnerables. También se exploran soluciones innovadoras, como el uso de algas para mejorar la retención de agua en el suelo o como fertilizantes, reduciendo así la presión sobre los recursos hídricos y la contaminación.
¿Qué prácticas serán clave en la agricultura del futuro?
Andalucía como laboratorio real: ejemplos visibles
Estos cambios pueden observarse claramente en distintos puntos de Andalucía.
En la provincia de Jaén, el paso de olivares tradicionales a sistemas intensivos y superintensivos está transformando el paisaje y el manejo del suelo, con implicaciones directas sobre la erosión y el ciclo hidrológico.
En el entorno de Doñana, la expansión de cultivos intensivos de frutos rojos ha generado importantes beneficios económicos, pero también una creciente presión sobre los recursos hídricos en un contexto de escasez.
Los bombeos de aguas subterráneas en la zona de Doñana se destinan principalmente al riego de cultivos, aunque también existen extracciones menores, pero significativas, para el abastecimiento de agua potable a Matalascañas.
Los descensos más importantes de los niveles freáticos se han producido en torno a las localidades de El Rocío y Villamanrique de la Condesa, donde se ha formado dos grandes conos de bombeo con descensos de hasta 20 m; en las cercanías de Matalascañas; y en la zona próxima a Mazagón.
Las consecuencias ecológicas más graves de los descensos de las aguas subterráneas son los siguientes:
- La disminución de los aportes hacia los arroyos de la zona, que transportan menos agua hacia la marisma y se secan cada vez más frecuentemente. Esto provoca la desaparición de zonas encharcadas muy importantes para las aves acuáticas durante el verano.
- La disminución de salidas de agua subterránea a los ecotonos, que afecta especialmente al ecotono norte, entre Villamanrique y El Rocío.
- La afección a lagunas. Algunas de las más próximas a Matalascañas y los puntos de bombeo se han secado permanentemente mientras que otras cada vez tienen menos agua, afectando a su flora y fauna.
- La disminución de la vegetación higrófita en extensas zonas del parque.
Además, se han producido importantes cambios en los flujos de aguas subterráneas. En un estudio publicado el pasado año, detectamos que parte de la zona de la cabecera de La Rocina donde el agua fluía naturalmente hacia el este, es decir, hacia el parque nacional, actualmente se dirige hacia el oeste debido a las extracciones en la masa de agua subterránea Condado. Es decir, los bombeos en la zona gestionada por la Junta de Andalucía están afectando a los recursos hídricos y ecosistemas de las masas de aguas gestionadas por la Confederación del Guadalquivir. Esto pone de manifiesto que las aguas subterráneas no “saben” de límites y es necesario mejorar la coordinación entre las instituciones implicadas para realizar una gestión global del conjunto del acuífero.
Manuel Olías. La actual división del acuífero de Doñana está desfasada y agrava los problemas de gestión del agua. The Conversation (04/12/2026).
Ambos casos muestran cómo las decisiones agrícolas influyen no solo en la producción, sino también en el equilibrio de los ecosistemas.
Conclusión: producir más sin perder el suelo
La agricultura moderna ha logrado avances extraordinarios en términos de producción y eficiencia. Sin embargo, estos logros han venido acompañados de impactos que afectan directamente al suelo, al agua y a la biodiversidad.
El reto actual no es simplemente producir más, sino hacerlo mejor. Esto implica reconocer que el suelo no es un recurso inagotable, sino un sistema vivo cuya degradación compromete el futuro de la propia agricultura.
Comprender estos procesos, integrarlos en la toma de decisiones y avanzar hacia modelos de manejo más sostenibles será clave para garantizar que la producción de alimentos pueda mantenerse a largo plazo sin deteriorar la base que la hace posible.
¿Estamos preparados para ese cambio?
Resumen
- La agricultura moderna ha incrementado la producción gracias a la tecnología y la intensificación.
- Sin embargo, estos avances han generado impactos importantes sobre el suelo, el agua y la biodiversidad.
- Procesos como la erosión, la contaminación por pesticidas y la sobreexplotación de acuíferos están interconectados.
- En regiones como Andalucía, estos cambios ya son visibles en cultivos como el olivar.
- El futuro de la agricultura depende de encontrar un equilibrio entre productividad y sostenibilidad.
Preguntas para pensar un poco
¿Puede mantenerse la productividad agrícola sin degradar el suelo a largo plazo?
¿Qué papel debería tener la política agraria en la transición hacia modelos sostenibles?
¿Estamos valorando adecuadamente los servicios ecosistémicos del suelo?
¿Cómo influye el consumo diario en los modelos de producción agrícola?
¿Qué prácticas agronómicas deberían priorizarse en zonas con escasez de agua?








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