Conviviendo con el fuego
Los grandes incendios forestales que han marcado el verano de 2026 demuestran que el verdadero problema no es solo quién inicia el fuego, sino por qué algunos incendios alcanzan dimensiones catastróficas. El abandono del mundo rural, la acumulación de combustible vegetal y el cambio climático han creado paisajes mucho más vulnerables, donde incluso los mejores dispositivos de extinción pueden verse superados. Prevenir estos incendios exige una gestión activa del territorio durante todo el año, recuperando paisajes en mosaico, impulsando la selvicultura y apostando por medidas que reduzcan el riesgo antes de que aparezcan las llamas.
◼ Antonio Jordán López
Prevenir los grandes incendios forestales: mucho más que apagar fuegos
Los incendios de este verano vuelven a recordarnos el verdadero problema
Llevamos un verano muy parecido al de 2025.
El devastador incendio declarado el 8 de julio de 2026 en Los Gallardos (Almería) duró hasta el 24 de julio (más de dos semanas), causó 13 fallecidos, obligó a desalojar a 1400 personas y afectó a más de 5000 hectáreas.
El 16 de julio se inició otro incendio en Guadalajara, que obligó a desalojar a a1500 personas, confinar a 1600 y afectó a 35000 hectáreas. En ese momento, este era el tercer mayor incendio de la historia en España y el segundo mayor en lo que va de siglo:
El incendio forestal de La Mierla, en Guadalajara, que empezó el 16 de julio por causas que apuntan a labores agrícolas, se ha convertido en el segundo mayor incendio en España en este siglo. Con más de 35.000 hectáreas arrasadas, según los datos provisionales del sistema de observación satelital Copernicus, solo tiene por delante en este momento al incendio de Larouco-Quiroga-Oencia del año pasado, que afectó a las provincias de Ourense, Zamora y León y que calcinó 37.765 hectáreas.
José Á. Carpio y Jaime Gutiérrrez. El incendio de La Mierla se convierte en el segundo mayor del siglo en España. RTVE (22/07/2026).
Pero estos incendios se han quedado "pequeñitos" frente a otros monstruos.
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| Imagen de satélite que muestra los incendios forestales activos en Ávila y Madrid el 26 de julio de 2026, con extensas zonas de humo y áreas quemadas visibles desde el espacio. Copernicus Sentinel-2. |
Los incendios forestales registrados en Ávila y el suroeste de la Comunidad de Madrid durante julio de 2026 han supuesto uno de los episodios más graves vividos en España en las últimas décadas. Favorecidos por una combinación de temperaturas extremas, baja humedad y fuertes vientos, los fuegos se propagaron con una rapidez extraordinaria, obligando a evacuar o confinar a decenas de miles de personas, afectando a numerosas infraestructuras y causando importantes pérdidas ecológicas, económicas y sociales. El incendio originado en la provincia de Ávila llegó a convertirse en el mayor registrado en la historia reciente del país:
Los incendios forestales que arrasan la provincia de Ávila y la Comunidad de Madrid siguen activos, aunque su avance es más lento. La extinción está siendo compleja y se ha visto dificultada por las fuertes rachas de viento. Tras varias jornadas de rápido avance, el domingo se lograron contener muchos de los frentes, aunque se mantienen activas “varias cabezas” y los fuegos no pueden darse por perimetrados. Los esfuerzos este lunes se centran precisamente en esas “cabezas” y en intentar lograr su estabilización, al mismo tiempo que se protegen las poblaciones y se evita una fusión de las llamas de los dos grandes focos. Un ataque coordinado contra los puntos que arden con más voracidad. La evolución es positiva, pero muy lenta y el riesgo de reactivaciones es alto. La Unidad Militar de Emergencias (UME) los gestiona como un solo incendio y el Gobierno amplió la emergencia nacional a Toledo, donde inquieta un nuevo fuego en Almorox. Entre las tres regiones, hay afectadas ya 77.000 hectáreas y alrededor de 90.000 evacuados o confinados. Solo en Ávila, son 50.000 hectáreas, lo que lo convierte en el mayor incendio y “el más agresivo” de la historia de España.
Beatriz Olaizola y Rafa Ruiz-Matas. Los incendios de Madrid, Ávila y Toledo afectan ya a 77.000 hectáreas y obligan a evacuar o confinar a 90.000 personas. El País (27/07/2026).
Lo que todo esto pone de manifiesto es que, bajo las actuales condiciones climáticas y de acumulación de combustible vegetal, los grandes incendios pueden superar la capacidad de extinción incluso de los dispositivos de emergencia más avanzados. Estos sucesos han reforzado el consenso científico sobre la necesidad de complementar los esfuerzos de extinción con una gestión preventiva del territorio, capaz de reducir la continuidad del combustible y aumentar la resiliencia del paisaje frente a incendios extremo
Todo esto ha vuelto a situar los incendios forestales en el centro del debate público. La magnitud de esta tragedia recuerda a los graves incendios que afectaron a distintas regiones españolas durante el verano de 2025 y pone de manifiesto que los grandes incendios ya no pueden entenderse como sucesos aislados o excepcionales. En un contexto de cambio climático, despoblación rural y acumulación de combustible vegetal, resulta imprescindible analizar no solo cómo se inicia un incendio, sino también por qué algunos alcanzan una intensidad y una velocidad de propagación que los convierten en emergencias difíciles, o incluso imposibles, de controlar. Ese es precisamente el objetivo de esta reflexión.
El problema no es solo quién prende el fuego
Cada vez que un gran incendio ocupa las portadas, la primera pregunta suele ser la misma: ¿quién lo provocó? Es una reacción comprensible. Queremos encontrar un responsable. Sin embargo, esa pregunta, aunque importante desde el punto de vista judicial, apenas explica por qué algunos incendios arrasan miles de hectáreas mientras otros se quedan en un pequeño conato.
Las estadísticas muestran que más del 80% de los fuegos tienen origen humano y más del 50% son intencionados (y de todos los incendios intencionados, solo algo más del 2% son atribuidos a pirómanos). Actividades agrícolas, negligencias y accidentes representan muchísimo más. Pero estos datos, por sí solos, dicen muy poco sobre el verdadero problema.
Un incendio necesita una chispa para empezar, pero necesita un paisaje preparado para poder crecer. La ignición es el detonante; la propagación es la auténtica tragedia.
La causa detrás de un gran incendio no solo está en la ignición, también depende de la propagación. Los factores determinantes para la propagación del fuego son cuánto combustible tenemos, cómo de seco está y cuál es la meteorología.
Clemente Álvarez. Entrevista a Víctor Resco, ingeniero: “Lo sucedido en Almería no es para nada inesperado, se venía advirtiendo desde hace tiempo”. El País (11/07/2026).
Hoy sabemos que el que un conato se convierta en un gran incendio forestal no es únicamente consecuencia de una acción humana concreta. En la actualidad, los grandes incendios forestales son el resultado de décadas de abandono del territorio. Allí donde antes había agricultores, ganaderos, leñadores o pastores, ahora encontramos enormes extensiones de vegetación continua que nadie gestiona. Extensiones donde el combustible se acumula año tras año y convierte el paisaje en un enorme polvorín que solo espera una chispa.
Los incendios forestales provocados por cazadores para facilitar la caza (1,065 y 635 conatos) quemaron en el mismo período 27,827 hectáreas. Los provocados por pastores y ganaderos para regenerar el pasto (10,373 y 5,190 conatos) afectaron a 94,871 hectáreas. Tampoco los medios insisten mucho sobre esto. Siempre se culpa a los pirómanos. Pero viendo los números, lo de los pirómanos empieza a ser algo casi anecdótico, ¿no? Una desgracia que puede destruir vidas y recursos sí, pero no es la más importante.
G-Soil. ¿Quién quema el bosque? (01/12/2024).
Por eso, centrar todo el debate en los pirómanos -o incluso señalar a personas con enfermedades mentales como si fueran el origen del problema- puede resultar engañoso. Aunque identificar a los responsables es necesario, esa visión oculta una realidad mucho más profunda: el deterioro del mundo rural, la falta de gestión forestal y un clima cada vez más favorable a los incendios extremos.
Los grandes incendios ya no son una excepción
Sierra Bermeja (2021), Zamora, Castellón y Alicante (2022), Tenerife (2023), Orense, León y Zamora (2025), Madrid, Ávila y Toledo (2026)… ¿Cuándo dejaremos de hablar de incendios “excepcionales”?
Hace apenas unas décadas, gran parte del paisaje mediterráneo era muy diferente del que conocemos hoy. Si bien el paisaje que podemos ver es un paisaje manejado, hace relativamente poco tiempo, los bosques convivían con cultivos, olivares, viñedos, dehesas, pastizales y pequeños pueblos. Esa mezcla de usos creaba un auténtico mosaico que dificultaba el avance del fuego.
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| Captura del sistema FIRMS (Fire Information for Resource Management System) de la NASA, que utiliza datos de los satélites VIIRS, MODIS y Landsat para detectar puntos calientes de incendios forestales. La imagen muestra una extensa área afectada por el fuego entre las provincias de Ávila y Madrid, con concentraciones de actividad cerca del Embalse del Burguillo, El Tiemblo y Cadalso de los Vidrios. El mapa corresponde a la semana del 27 de julio de 2026, y permite visualizar la evolución de los incendios mediante imágenes de reflectancia corregida en color verdadero. FIRMS/NASA. |
El abandono del territorio ha cambiado nuestros paisajes
Con el abandono progresivo de muchas explotaciones agrícolas y ganaderas, ese mosaico ha ido desapareciendo. Muchas parcelas se cubrieron primero de matorral y después de bosque joven. Lo que antes eran paisajes biodiversos y variados se ha convertido, en muchos lugares, en extensas masas continuas de vegetación muy inflamable.
Rojas incide además en el “problema” derivado del abandono de la agricultura extensiva y la ganadería. “Es como todo, es decir, si tenemos una alimentación de la posguerra, no es bueno, pero lo contrario también es negativo. Si comemos demasiado, si tenemos demasiadas grasas, demasiados efectos no saludables, también tenemos problemas de salud. Pues en el territorio, exactamente igual”, compara.
Un experto alerta de la despoblación como gran factor de riesgo en los incendios y defiende recuperar el pastoreo. Demócrata (10/07/2026).
Basta recorrer algunas zonas de España para comprobarlo. En el levante, por ejemplo, antiguas terrazas de cultivo que durante generaciones produjeron aceitunas, cereales o almendras aparecen hoy completamente colonizadas por pinos y matorral degradado. Desde el punto de vista ecológico puede parecer una buena noticia, pero si esa vegetación no se gestiona, el riesgo de incendios aumenta considerablemente. Porque en la costa de Andalucía, antiguos encinares, alcornocales, pinares y matorral mediterráneo son hoy, también, pinos y matorral degradado.
Cambio climático: un acelerador de los incendios extremos
A esta situación se suma el cambio climático. Los veranos son más largos, las sequías más intensas y las olas de calor más frecuentes. La vegetación permanece seca durante más tiempo, la temporada de incendios crece de año en año y cualquier fuego encuentra unas condiciones ideales para propagarse con enorme rapidez.
Por eso, recuperar paisajes diversos no es una cuestión estética ni nostálgica. Es una de las herramientas más eficaces para reducir el riesgo de incendio. Un territorio donde se alternan cultivos, pastizales, bosques de distintas edades y zonas abiertas ofrece muchas más oportunidades para frenar el avance de las llamas que una masa forestal uniforme de cientos de hectáreas.
Gestionar el monte antes de que aparezca el humo
Durante mucho tiempo hemos entendido la lucha contra los incendios como una carrera por apagarlos lo antes posible. Gracias al enorme esfuerzo de los servicios de extinción, la inmensa mayoría de los conatos se controlan en sus primeras fases. Sin embargo, este éxito tiene una consecuencia inesperada. Es lo que los investigadores llamamos la “paradoja de la extinción”.
La paradoja de apagar todos los incendios
Cuando todos los incendios pequeños se apagan rápidamente, el combustible sigue acumulándose en el monte. Con el paso de los años, el paisaje almacena cada vez más biomasa (combustible, en definitiva) hasta que, tarde o temprano, aparece un incendio tan intenso que ningún dispositivo de extinción puede detenerlo.
Por eso la gestión forestal no puede limitarse al verano. Debe realizarse durante todo el año y mantenerse de forma continuada durante décadas.
Las propuestas científicas
En la “Declaración sobre los Grandes Incendios Forestales de 2025 en la Península Ibérica” realizada por FUEGORED (Red Temática Internacional sobre Incendios Forestales), se lee: “La magnitud del reto que suponen los incendios forestales de grandes dimensiones requiere una respuesta informada, rigurosa y multidisciplinaria. No es suficiente con fortalecer los métodos de extinción ni con identificar culpables individuales. Es necesario entender que el fuego es un suceso social, climático y ecológico que necesita una gestión integral del territorio”.
Muchos especialistas proponen intervenir anualmente sobre, al menos, el 1% de la superficie forestal, priorizando aquellas zonas donde una actuación preventiva pueda evitar futuros grandes incendios.
La selvicultura adaptativa persigue precisamente ese objetivo. En algunos lugares será necesario reducir la cantidad de combustible mediante podas y clareos. En otros habrá que favorecer la recuperación natural del bosque después de un incendio. Y, en muchas zonas, será imprescindible ayudar a que los ecosistemas evolucionen hacia formaciones más resistentes al clima que tendremos dentro de unas décadas.
Las herramientas son muy variadas: quemas prescritas realizadas en condiciones controladas, regeneración natural asistida, apertura de claros estratégicos, eliminación selectiva de combustible o recuperación de bosques mixtos, generalmente más resistentes que las masas dominadas por una sola especie.
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| Quema prescrita en el área de El Berrocal, cerca de Almadén de la Plata (Sevilla). Antonio Jordán/Flickr. |
Una de las soluciones más interesantes consiste, paradójicamente, en recuperar una actividad tan antigua como el pastoreo. Allí donde vuelven las cabras, las ovejas o los herbívoros salvajes disminuye la cantidad de matorral, se crean espacios abiertos y el paisaje recupera parte de la diversidad que había perdido. Es un buen ejemplo de cómo algunas prácticas tradicionales pueden convertirse hoy en herramientas modernas de prevención.
Todo ello requiere una inversión estable. No basta con aumentar el presupuesto después de un verano especialmente dramático. La prevención necesita continuidad, planificación y una visión a largo plazo. Y eso plantea la necesidad de una política fiscal específica, sobre la que existen propuestas.
Resumen
- Los grandes incendios forestales del verano de 2026 demuestran que España se enfrenta a una nueva realidad marcada por fuegos cada vez más intensos y difíciles de controlar.
- Los incendios de Almería, Guadalajara, Ávila, Madrid y Toledo evidencian que los dispositivos de extinción pueden verse desbordados en condiciones extremas.
- Aunque la mayoría de los incendios tienen origen humano, la causa de su enorme gravedad no está solo en la ignición, sino en la facilidad con la que el fuego se propaga.
- Décadas de abandono rural y de acumulación de combustible vegetal han transformado amplias zonas del territorio en paisajes muy vulnerables al fuego.
- La desaparición del mosaico agrícola y ganadero ha favorecido la continuidad de grandes masas de vegetación altamente inflamable.
- El cambio climático agrava este problema al prolongar las sequías, aumentar las olas de calor y ampliar la duración de la temporada de incendios.
- La llamada "paradoja de la extinción" explica que apagar rápidamente todos los incendios pequeños favorece, a largo plazo, la acumulación de combustible en los montes.
- La prevención requiere una gestión forestal continuada basada en selvicultura adaptativa, quemas prescritas, recuperación de bosques más resilientes y reducción estratégica del combustible.
- La recuperación de actividades tradicionales, como el pastoreo, puede convertirse en una herramienta muy eficaz para disminuir el riesgo de grandes incendios.
- Evitar los megaincendios del futuro exige una política sostenida de gestión del territorio que complemente los esfuerzos de extinción y afronte las causas estructurales del problema.
Preguntas para pensar un poco
¿Por qué seguimos preguntándonos quién provocó el incendio antes que por qué fue imposible detenerlo?
¿Podemos seguir confiando únicamente en los medios de extinción para hacer frente a los grandes incendios forestales?
¿Cómo ha cambiado el abandono del mundo rural el paisaje y el riesgo de incendios en España?
¿Qué papel desempeña el cambio climático en la aparición de incendios cada vez más extremos?
¿En qué consiste la "paradoja de la extinción" y por qué puede aumentar el riesgo de grandes incendios?
¿Podría la recuperación del pastoreo y de otros usos tradicionales del territorio convertirse en una herramienta moderna de prevención?
¿Qué ventajas ofrece un paisaje en mosaico frente a una gran masa continua de vegetación?
¿Qué medidas de gestión forestal deberían priorizarse para reducir el combustible antes del verano?
¿Estamos invirtiendo suficiente esfuerzo y recursos en prevenir los incendios o seguimos centrando la mayor parte de la atención en apagarlos?
Si los grandes incendios son consecuencia de décadas de cambios en el territorio, ¿qué decisiones deberíamos empezar a tomar hoy para evitar las tragedias de las próximas décadas?




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